domingo, enero 06, 2019

Caprichitos


Cuando me encapricho de alguien no paro hasta conseguirlo, y aquella vez me encapriché.



Hicieron un reformón de la hostia en el trabajo y la empresa de la contrata era de Murcia, los trabajadores venían desplazados y tuvieron que buscar apartamento en la zona. Como vivían allí de lunes a viernes, estaban muy enjugascados, como un piso de estudiantes pero con cuarentones, que es peor.

En la oficina el follón era tremendo, todos realojados, compartiendo despachos, incómodos y apretados. Sin embargo yo estaba encantada, primero por el jolgorio y la novedad, y segundo porque me había tocado como compañera de despacho una amiga que tiene 60 años y es un putón. Viste minifaldas cortísimas, tacones sí o sí, tops de rejilla, medias con costura... Siempre va perfectamente maquillada, camina muy recta y habla lentamente, como si tuviera algo muy importante que decir. Acompaña el discurso con las manos, levanta la ceja mientras sonríe, te mete una estocada si hace falta... Total, que es mi ídolo absoluto.

Esos meses congeniamos mucho y fue muy divertido. Aunque nunca hablamos de puterios ni caza, al comentar cualquier aspecto de la vida había pinceladas que nos hacían compartir miradas cómplices. Nos reconocimos como iguales sin decirlo, y cada vez que entraba algún elemento al despacho nos observábamos una a la otra viendo el despliegue de feminidad y malas artes. No hacía falta hablarlo. Yo la miraba de reojo y pensaba, “mira, este le gusta y ya lo tiene loco”, “este se va a llevar un buen corte”, “con este nos vamos a reir las dos”. Ella me observaba y sonreía. A veces intervenía y “ligábamos” a dúo, otras veces solo nos reíamos de los hombres a los que habíamos mareado.

Con mi amiga en el despacho incitando esa amistosa competición y todo el edificio lleno de albañiles, electricistas y fontaneros era imposible no tener ganas de saltarse la norma de no perrear en el trabajo.

Aunque muchos trabajadores iban y venían había tres fijos que estaban siempre por allí y vivían juntos. El jefe de obra, el segundo de abordo (ambos murcianos) y un peón peruano.

La máquina de café había quedado abajo, en la planta de la reforma y allí coincidíamos todas las mañanas.

El jefe de obra, Jose, era muy simpático y dicharachero, enseguida cogió bola con nosotros, chistes, anécdotas y flirteos incluidos. Al peón lo tenían aperreado desde primera hora cargando escombros y el pobre no se arrimaba a tomar café. Y en medio de los dos y en tierra de nadie, estaba Roberto. Un hombre maduro, callado, serio y misterioso. No era muy alto, tenía los brazos fuertes y las manos curtidas. Un tipo duro, no como esos músculitos de gimnasio y batidos. Roberto tenía los músculos hechos de trabajo y madrugones. Vestía vaqueros rotos, pero no por tijeretazos del diseñador si no por encontronazos con esquinas afiladas, y camisas a cuadros de leñador, no de hipster. Se tomaba el café en silencio, un poco apartado del resto y sonreía desde la sombra. En cuanto lo terminaba, tiraba el vasito de plástico a la papelera y se iba al tajo. Y yo me quedaba en plan... ufffff, lo quiero, lo quiero, me lo pido.

Y empezó la caza. A veces me lo paso mejor cazando que comiendo a mi presa, eso es así y así empezó con Roberto. Planificaba mis entradas y salidas en función de su horario, aparcaba lejos de la puerta para hacer un paseillo hasta la entrada, me maquillaba y arreglaba más de lo habitual, saludaba con un buenos días y una sonrisa exagerada. Y funcionaba, funcionaba con todos menos con él. Cada vez que aparecía a las 8 de la mañana me sentía como en una pasarela, notaba cómo algunos dejaban de trabajar al oir mis tacones y se preparaban atentos para darme los buenos días. Noté algunos codazos a mi paso. Noté cómo Jose me tanteaba y aumentaba su simpatía intentando constatar si él era la causa de que me pavoneara descaradamente cada mañana. Noté cómo alguna compañera se enrabietaba y cómo el único compañero que sabe a qué dedico el tiempo libre, ponía las orejas en guardia ante mi cambio.

Sin embargo Roberto estaba alelado. O desinteresado, no sé... y eso sí que no. Me tomé como algo personal tirarme al puto albañil de las cavernas. Había tiempo.

Las interesadas por los forasteros empezaban a transitar la máquina de café. Se oían propuestas de quedadas cerveceras, cenas, copas y bailoteos. A mí siempre me incluían y yo siempre declinaba la oferta. Quería cazar en solitario, sin alcohol ni barbitúricos.

Yo cazo a pelo, con olores corporales como única droga. No iba a emborrachar a la presa para aprovecharme de ella, no iba a emborracharme y nublar los sentidos para deshinibirme, no iba a esconderme en la turba o a ampararme en la manada para atreverme a nada.

Yo cazo sola. 


No te preocupes tengo para todos. COMPARTEME. ¡Gracias!

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