domingo, enero 13, 2019

Caprichitos (II)

Pasaban los días y Roberto se resistía.

Comencé a multiplicar mis salidas y entradas. La probabilidad de encontrármelo justo en la puerta era pequeña, así que la única opción era aumentar la frecuencia.

Las pocas veces que lo veía a solas era de pasada y él solía agachar la cabeza. En cuanto oía mis tacones saltaba un resorte que le hacía concentrarse en su trabajo. Se ponía a la faena, se posicionaba de espaldas a mí y yo, después de haber salido adrede para pillarlo, pasaba sin pena ni gloria y me cagaba en su puta madre. Opté por forzar el saludo al menos, qué cojones.


Un “hola” largo y pizpireto le obligaba a contestar y a salir de su ensimismamiento. Pero el muy cabrón levantaba la vista un microsegundo, me saludaba y volvía a los suyo.
El suelo seguía levantado, los cables colgando, las puertas tapadas con plástico. Había tiempo.

Mis excusas eran variadas:

Un bocadillo.

Un cargador de los chinos.
Una escapada a la farmacia.
Un ahora vengo...
El resultado siempre catastrófico. 

Las únicas veces que lo tenía cerca y a tiro eran en la máquina de café y empecé a descararme.
Él siempre se colocaba en la esquina, y yo pallá que me iba. Éramos siete personas pero para mí no exitía el resto. No les oía, solo les miraba y sonreía para disimular mis ansias de caza. Ocultos entre las conversaciones banales de los demás, estaban mis dientes afilados y mis garras preparadas para saltar sobre el ratón.

Le dejaba sacar su café primero, él echaba la monedita y mi cabeza volaba. Mmmmm esas manos grandes, llenas de cal, esa cara de duro pasota, ese culo en pompa cuando se agachaba a por el vasito... Cuando volvía atrás con su café, se colocaba exactamente en el punto que había ocupado y era mi turno.

Ni qué decir de cómo sacaba yo el café... En lugar de tomar veneno de una máquina chunga en el bajo de un edificio en obras, yo estaba en una cafetería del Trastevere tomando un capuccino vestida de Gucci. Y, cuando volvía a mi sitio, me dedicaba sistemáticamente a invadir su espacio. Un pasito a la derecha era suficiente para incomodarle. No tardaba ni medio segundo en huir. Había días que acababa totalmente arrinconado por mi presión.

Yo me sorprendía con que nadie se diera cuenta de mi acoso. Ni mi compañero-confidente “J”, que siempre presumía de su capacidad de observación, tenía ni puta idea de mis intenciones. 
Solo Roberto parecía enterarse de algo, y reaccionaba con indiferencia y rechazo. Y, cuánto más pasaba Roberto de mí, más me encaprichaba.

Llegué a acostumbrarme a la rutina de agobiarlo cada mañana, había días que ni recordaba el objetivo de follármelo, simplemente me divertía con verlo sufrir huyendo de mí y se convirtió en un entretenimiento.

Hasta que un día desapareció el peruano. Cuando le pregunté a “J” me dijo que ya estaban terminando la reforma y que poco a poco necesitarían menos gente. ¡No jodas! Habían pasado tres meses; los baños alicatados, la escayola del techo terminada, el cableado oculto... Se me había ido el santo al cielo y tocaba correr. Pero con tanta mierda de jugar a lo tonto, no tenía ningún avance. 
Así que no tuve más remedio que ir a la desesperada. A la desesperada significaba usar a terceros, y terceros era “J”.

“J” y yo nos conocemos hace diez años. Nuestra relación ha pasado por varias fases. En cuanto entré a trabajar se me pegó como una lapa, me ofreció sus servicios, su hombro, paseos, café, comida, cena y copas. Le gusta cazar y su técnica es muy rastrera. El típico que va de amigo y/o enamorado y aguanta tu chapa con tal de echar un quiqui. Cuando le conocí le vi venir de lejos y mantuve una distancia exagerada, mucho jiji jaja pero a la hora de intimar nada. Después de muchísimos rechaces empezó a respetarme y a cogerme cariño. Él me cuida y yo le riño por todas las tías a las que engaña. Él me hace favores y yo le premio con mi confianza. Tener mi amistad, además de ser muy agradable, le da caché. Todo el mundo en la oficina cree que follamos, o que hemos follado o que follaremos. A las tías, robarme el “ligue” les da morbo y a los tíos, ver cómo se relaciona conmigo, envidia. Con lo cual, además de una amiga coñazo que le riñe por todo, soy un chollo para él.

Es el único que sabe el 10% de mi vida fuera de la oficina. Más que por una necesidad de sincerarme con él, se lo conté porque estaba muy protector y coñazo y me tenía harta.

“No tienes ni puta idea de quién soy, así que no vengas a decirme lo que puedo o no puedo hacer”

Así empezó mi confesión y así cambió nuestra relación para siempre. De ser su “hermanita” pasé a ser su igual. A día de hoy, y conforme le voy contando pinceladas de mis aventuras, me he convertido en su admiración, aunque aún le choca que su “hermanita” sea tan animal y puta.

“Me pone un montón un albañil” le dije.
“Jose, ¿verdad?”
“No, Roberto”

Alucinó un montón. Yo no sé dónde tiene el morbo la gente. ¿A mí qué cojones me importa que Jose cuente buenos chistes y que vaya elegante a trabajar? Yo hablo de sudor, de pollas duras, jadeos, de levantarme la falda debajo de la escalera, cuando todos se han ido, y ofrecerle mi culo mientras la de la limpieza hace sus cosas arriba. Yo hablo de correrme tapándome la boca para que no me pillen, de escaparme 5 minutos para morrearle en un portal y volver corriendo, estirándome la ropa y limpiando el carmín de mis comisuras. De coger el café de la máquina sabiendo que me está mirando el culo y que tiene que sacarse la camisa del pantalón para disimular la erección. A mi qué coño me importan Jose y sus chistes?


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No te preocupes tengo para todos. COMPARTEME. ¡Gracias!

2 comentarios:

  1. El morbo es diferente para cada persona, aunque se han roto muchos vasitos mientras el panorama va en la dirección que una quiere. Disfruta la caza 💋

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    1. Aish... es verdad, pero lo míos chocan bastante con lo estipulado, parece ser. Gracias bella, un beso.

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