domingo, diciembre 30, 2018

de Color y SUAVE

Cuando vino Kendi ya estaba todo preparado. La calefacción a toda pastilla y bebidas frías.


Le había dicho a mi marido que me apetecía tomar algo antes de pasar a la acción, al fin y al cabo era mi super follamigo íntimo y cuando apareció le saludé casi como si fuera de la familia.
Sin ningún tipo de pudor por los vecinos ni leches, cuando salió del ascensor me adelanté hacia él efusivamente:
“Holaaaaa, qué alegríaaaaaa, ¡por fin!” Teniendo en cuenta que iba vestida como una puta para la ocasión, era una osadía salir al rellano a saludar a mi joven semental, pero cada día que pasa me la suda más todo. Le di un abrazo y dos besos y lo metí en casa.

El chico estaba helado, venía con una camiseta ceñida y una chaqueta de cuero fina, unos vaqueros que parecían una segunda piel y todos sus músculos marcados. Se quitó la chaquetita y mientras le preguntaba que qué tal el viaje, el tren, la vuelta... le iba sobando entero y haciéndole saber lo bueno que está.
Brazos, hombros, espalda, culo... Kendi se reía con toda la boca llena de dientes y yo pensaba para mis adentros “riéte cabrón, estoy haciendo la actuación del siglo”. Que no es que no deslumbre el muchacho, pero una ya tiene su bagaje y cada vez cuesta más impresionarme, al menos físicamente.

Nos sentamos en el sofá y empecé a sobarle la polla por encima del vaquero. Yo le hablaba como si nada, siguiendo a rajatabla el personaje que me había montado yo sola. “Uy Kendi, estás más delgado verdad?” Él me contestó que había tenido una lesión en la espalda y llevaba un par de meses sin poder entrenar. Entonces, yo le sobaba la polla, que ya se estaba poniendo dura y se marcaba en el vaquero, y le miraba a los ojos comprensiva, “pues sí sí... qué faena no?”

Tener a Kendi, sentado en mi sofá, disculpándose por no tener toda la masa muscular que debiera, era como un chiste. Daban ganas de darle dos bofetadas y decirle ¿tú eres tonto o qué?

El bulto de su pantalón empezaba a tener dimensiones importantes y decidí liberarle de su prisión a la vez que Kendi empezaba a pasar su mano por mi muslo diciéndome que estaba muy guapa y que no había cambiado nada. Al desabrochar los botones del vaquero la polla empezó a mostrar toda su envergadura. Joder, la verdad es que era impresionante. 

Esta vez, sin público, sin tener que disimular, sin pantalones... pude verla con calma y completa. Kendi tenía los vaqueros por los tobillos y se había espatarrado para recibir mis caricias que iban dirigidas exclusivamente a su pedazo de pijo. Toda mi atención estaba centrada en esa polla que tantas veces había visto en sus anuncios de gigoló y que tan escurridiza me había resultado. Ahora la tenía a mi disposición y quería disfrutarla.

Era increíblemente dura, rompía todas mis estadísticas y teorías sobre las pollas grandes negras. La piel de Kendi es muy suave, no tiene ni un pelo en su cuerpo y pasar mis manos por su pecho, vientre y hombros por debajo de la camiseta se estaba convirtiendo en un vicio. Pero la piel de su polla era mi favorita. Su suavidad contrastaba con la rudeza de su aspecto general, el color oscuro, el tamaño casi descomunal y la dureza extrema, envueltas en esa delicada piel. Esa contradicción me tenía hipnotizada, en ese momento no existía nada más para mí en el mundo. Ni siquiera Kendi, que se había convertido en un simple apéndice del miembro.

Dejé caer saliva en la punta, esparciéndola con el dedo índice en movimientos circulares. Me resultaba irresistible, así que me la comí. Mi mano la sujetaba por la base manteniéndola completamente vertical y bajé la cabeza lentamente hasta que mis labios se posaron en el capullo. Cuando mi boca tocó su piel, Kendi emitió un pequeño gemido que, a modo de señal, hizo que mi lengua escapara de su habitáculo y empezara a lamer con gula y dedicación.

Su sabor me sorprendió también, delicado y sutil; almizcle, clavo y canela, la gran polla que me disponía a tragar olía a limpio y a feromonas. Kendi suspiraba y yo, poco a poco, iba introduciéndola más y más en mi garganta, que se iba acoplando a su tamaño en cada bajada y cogiendo aire en cada retroceso. Mi boca golosa, mi lengua juguetona, mis dientes probando su sensibilidad... podía haber estado jugando con esa polla hasta correrla si no fuera porque estaba obsesionada con follármela desde hacía meses.

De repente sentí que montarle era una cuestión vital, un asunto de urgente necesidad y, cegada por un instinto animal, me senté a horcajadas sobre la verga, empecé a restregarla por mi coño y a introducir la punta. A Kendi le pilló por sorpresa este cambio de ritmo (a mí también) y se apresuró a abrir el condón XXL que tenía preparado mientras yo le decía al oído “corre o te follo sin condón y a tomar por culo”.

La verdad es que mi tío bueno inseguro era muy sumiso y eso me ponía como una moto, qué le voy a hacer si soy así. Soy facilona, solo hay que arrastrarse y que me lo crea. 

Una vez solventado el inconveniente de la seguridad pude sentarme sobre la polla de Kendi y notar cómo llenaba mi coño y empujaba mis entrañas sin llegar a introducirse entera. Eso, unido a la dureza, me provocaba cierta incomodidad, tenía que calcular la profundidad de las sentadillas y la potencia de sus embestidas.

Cualquier desajuste entre nuestros movimientos convertía el placer en dolor y vaya, no. Siempre he dicho que las pollas grandes están sobrevaloradas, ahora, y una vez pasada la euforia estética, digo que más que sobrevaloradas, son un problema.

Los machos están sobrevalorados, los cuerpos perfectos aburren, las pollas grandes son un problema... Soy así, existo porque me equivoco, me contradigo, evoluciono y rectifico. 
Existo porque casi no pienso, porque si pensara no saldría de mi zona de confort, y vería porno en lugar de vivirlo. 

Total, que en vez de disfrutar con el descomunal y duro miembro, ahí estaba yo, haciendo cálculos de energía potencial y cinética. Arriba, abajo, velocidad, aceleración, constante elástica de mi coño, impacto, retroceso, segunda Ley de Newton (mucha masa, demasiada fuerza)...

Decidí llevármelo a la cama tirando de él, cogido de la mano como un niño castigado. Kendi venía sin rechistar con la polla a reventar. Y una vez en la cama me posicioné a cuatro patas y le dije que tuviera cuidado. Pero, por mucho cuidado que tuviera, era imposible no llegar al límite y una vez allí, sobrepasarlo. Estaba pensando ya en sacar la polla de mi interior y correrlo con la mano, sentarme en el borde de la cama y pajearlo a dos manos, dar toques con mi lengua en el glande, derramar su leche en mi pecho, hacer que la lamiera quizás... cuando me iluminé.

Le dije “espera, quiero probar algo”. Sin sacar la polla le sujeté del culo (qué culo), e invitándole a acompañarme me tumbé poco a poco en la cama boca abajo. Cerré las piernas aprisionándole entre mis muslos, apretando con ellos la parte de polla que no le cabe a Kendi en ningún puto coño, esa que siempre se le queda sin estimular. Y ahora sí. Ahora podía sentir todo el recorrido de su verga en mi cuerpo. Ya no me molestaba su dureza. Rozaba la cara interna de mis muslos, entraba en mi coño y presionaba su interior hasta donde yo le permitía.

Aproveché todos sus músculos, las miles de flexiones en el gimnasio nunca habían tenido mejor cometido, soportar su peso y empeñar con ritmo.

Una corrida a dúo fue el premio a mi elección de postura, la mía ahogada en la almohada y la suya discreta, tímida y vergonzosa.

Pasados unos segundos se retiró jadeando aún por el esfuerzo, sudado por la corrida y orgulloso por haber saldado la deuda que tenía conmigo desde hacía ya año y medio.

Kendi no era el hombre seguro y experimentado que se anunciaba en las páginas de contactos, pero a mí me valía, y tanto que me valía.


Kendi 1ª parte: Pincha Aquí

No te preocupes tengo para todos. COMPARTEME. ¡Gracias!

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